28 de agosto de 2016

23 de agosto de 2016

Caixa do Correio # 18



O Pai Goriot – Honoré de Balzac



                      ETIQUETA: BALZAC

Em Paris, nos primeiros anos da década de 1820, a sombra de um homem esgueirava-se na noite alta entre o Boulevard du Pontaux-Choux e a rua Beaumarchais. Seguia desta vez os passos de um trabalhador e sua mulher. Escutava-lhes os passos, observava-lhes os sapatos rotos, o caminhar desengonçado, sentia-lhes as privações e intuía quais seriam seus desejos. Acompanhava-os a distancia, discreto como um bom fantasma, até que o casal sumia numa ruela qualquer.

Mais tarde ainda, se o clarão da lua permitisse, tratava de alcançar o cemitério Pere Lachaise, onde perambulava horas entre as tumbas daqueles mortos ilustre. Olhava para as lápides buscando inspiração. Talvez aquelas eminências do passado, abrigadas nas tumbas, indicassem-lhe mediunicamente qual o melhor caminho para atingir o coração frio daquela bela cidade, que se esparramava lá embaixo como que a seus pés. Da parte mais elevada do famosos mortuário, contemplava, ao longe, iluminadas, a Coluna de Vendome ( aquele pilar de bronze erguido por Napoleão com os canhões de Austerlitz ) e a Ababada dos Inválidos. Naquele eixo formado por aqueles dois grandes monumentos concentrava-se o tout Paris, era dali que os deuses da glória determinavam quem eles deveriam abençoar.

Dando vida e corpo a essa sombra, que vagava pelas ruas e cemitério de Paris do princípio do século XIX, veremos que ele não alcançava mais de um metro e meio, era feio, com dentes horrivelmente estragados, pouco asseado e muito mal vestido. Recentemente tomara a difícil e audaciosa decisão de tornar-se um escritor profissional. O seu nome era Honoré Balzac, que, com pouco mais de vinte anos, assumira a firme determinação de “ fazer com a pena o que Napoleão fizera com a espada “. As estranhas caminhadas, o contato com a gente comum e o cenário bizarro, faziam parte das emanações que esperava receber em várias iniciativas como impressor e até com notável previsão, promovendo o livro de bolso como uma solução para a popularização da literatura. Nunca teve, porém, sucesso em seus saltos para além do mundo das letras. Ao contrario, só acumulou decepções e duvidas, obrigando-o a ser  tornar num exímio contorcionista para esgueirar-se dos credores ( inclusive deixou um verdadeiro manual ensinando como escapar deles).

Cemitério Pere Lachaise



20 de agosto de 2016

Porque hoje é sábado, minha dica de filme, Em Busca da Vida (Still Life)







Direção: Jia Zhang-Ke
Gênero: Drama
Ano de Lançamento: 2006
Duração: 108 min
País: China



Sinopse: A velha cidade de Fengjie já está submersa, mas o seu novo bairro ainda não foi terminado. Há coisas a salvar e há coisas a deixar para trás… Han Saming, um mineiro, viaja para Fengjie para tentar encontrar a ex-mulher que não vê há 16 anos. Quando se encontram, nas margens do rio Yangtze, decidem voltar a casar-se. Também Shen Hong, uma enfermeira, viaja para Fengjie à procura do marido que não vê há dois anos. Abraçam-se em frente à barragem das Três Gargantas, mas apesar da dança, decidem separar-se. 

O espaço, cenários e a ambientação são tão fundamentais e intrigantes quanto seus personagens. Aliás, eles funcionam também como personagens. Não só ajudam a contar a trama, como determinam o futuro, fazem relembrar o passado, com muita nostalgia, e trazem à tona um presente em constante transformação.
Enquanto acompanhamos a procura dos dois personagens principais(Han Sanming e Shen Hong) por seus cônjuges aos quais eles não veem há alguns anos, presenciamos as pessoas daquela cidade se adaptando, vivendo e sobrevivendo a uma cidade em constante desconstrução. Há uma atmosfera cinzenta, melancólica, mas acima de tudo um olhar geral que caminha entre a aceitação e nostalgia.

Seus personagens seguem em frente, em suas vidas em constante desconstrução e construção. 
As ruas, imagens, fotos, lembranças e olhares pensativos na lenta e contemplativa narrativa de Em Busca da Vida são o espelho de um povo e cidade que vive e sobrevive tentando se encontrar em meio as irremediáveis e constantes mudanças.

Belo filme.

17 de agosto de 2016

Mucho más grave... por Mario Benedetti ( poema )


Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
y eso en verdad no es nada extraordinario
vos lo sabes tan objetivamente como yo.
Sin embargo hay algo que quisiera aclararte,
cuando digo todas las parcelas,
no me refiero solo a esto de ahora,
a esto de esperarte y aleluya encontrarte,
y carajo perderte,
y volverte a encontrar,
y ojalá nada mas.
No me refiero a que de pronto digas, voy a llorar
y yo con un discreto nudo en la garganta, bueno llora.
Y que un lindo aguacero invisible nos ampare
y quizás por eso salga enseguida el sol.
Ni me refiero a solo a que día tras día,
aumente el stock de nuestras pequeñas y decisivas complicidades,
o que yo pueda creerme que puedo convertir mis reveses en victorias,
o me hagas el tierno regalo de tu más reciente desesperación.
No.
La cosa es muchisimo mas grave.
Cuando digo todas las parcelas
quiero decir que además de ese dulce cataclismo,
también estas reescribiendo mi infancia,
esa edad en que uno dice cosas adultas y solemnes
y los solemnes adultos las celebran,
y vos en cambio sabes que eso no sirve.
Quiero decir que estas rearmando mi adolescencia,
ese tiempo en que fui un viejo cargado de recelos,
y vos sabes en cambio extraer de ese páramo,
mi germen de alegría y regarlo mirándolo.
Quiero decir que estas sacudiendo mi juventud,
ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos,
esa sombra que nadie arrimo a su sombra,
y vos en cambio sabes estremecerla
hasta que empiecen a caer las hojas secas,
y quede la armazón de mi verdad sin proezas.
Quiero decir que estas abrazando mi madurez
esta mezcla de estupor y experiencia,
este extraño confín de angustia y nieve,
esta bujía que ilumina la muerte,
este precipicio de la pobre vida.
Como ves es más grave,
Muchisimo más grave,
Porque con estas o con otras palabras,
quiero decir que no sos tan solo,
la querida muchacha que sos,
sino también las espléndidas o cautelosas mujeres
que quise o quiero.
Por que gracias a vos he descubierto,
(dirás que ya era hora y con razón),
que el amor es una bahía linda y generosa,
que se ilumina y se oscurece,
según venga la vida,
una bahía donde los barcos llegan y se van,
llegan con pájaros y augurios,
y se van con sirenas y nubarrones.
Una bahía linda y generosa,
Donde los barcos llegan y se van
Pero vos,
Por favor,
No te vayas   

Fin



13 de agosto de 2016

Porque hoje é sábado, Cleopatra por Mario Benedetti ( Cuento )



El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock-and-roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.

Fin